ANA FERNÁNDEZ 

Ana Fernández fue, en los años ochenta, una de las “birmettes” de Objetivo Birmania, el popular grupo que conquistó al público con su estilo desenfadado y sus pegadizas coreografías en plena efervescencia de la escena pop española. Aquella década, marcada por la creatividad y la transformación cultural, convirtió a la banda en un referente para toda una generación que encontraba en su música una invitación constante a bailar y a celebrar la frescura de nuevos sonidos. 

Hoy hablamos con ella para mirar atrás y reconstruir cómo vivió aquella etapa de éxito, qué recuerdos conserva de los escenarios y de la intensa exposición mediática, y cómo fue el proceso tras la reestructuración del grupo a finales de los ochenta. También nos adentramos en su trayectoria posterior para descubrir a qué ha dedicado su vida desde entonces y cuáles son sus proyectos actuales, en una conversación que conecta pasado y presente a través de la experiencia de una de sus protagonistas. 

Por Vicente Ribas 

Desde muy joven muchas personas sienten una conexión especial con la música. Ana, ¿cómo fueron tus primeros pasos en el mundo musical y qué te llevó a interesarte por él? 

Ana Fernández: Mis primeros recuerdos musicales son los singles que me regalaba mi prima mayor cuando se cansaba de ellos. Así que desde niña tuve en mi mano poderosos 45rpm como “Black Is Black” de Los Bravos o “Sugar, Sugar” de The Archies. Estos discos sonaban en mi comediscos. Con él bajaba a la calle y bailaba con mis amigas en el portal de mi casa. 

Cada artista tiene un momento que cambia su trayectoria. ¿Cómo surgió tu vinculación con Objetivo Birmania y cómo te convertiste en una de las “birmettes”? 

Ana Fernández: El que yo llegará al grupo fue una circunstancia de lo más casual y afortunada al mismo tiempo. 

En aquellos principios de los 80, yo era una adolescente enamorada de la moda juvenil, apasionada de la Movida y una estudiante de instituto de secundaria sin más. No tenía formación musical, pero el baile me apasionaba, corría por mis venas. 

Sucedió que Objetivo Birmania fue a un programa matinal dirigido por Carlos Tena en Radio 3 y allí comentaron que estaban buscando una corista para animar un poco su escena musical y visual. En el Instituto, yo era muy amiga de mi compañera de clase Soledad Gabriel y Galán. Su hermana, Mónica, oyó el programa, se presentó a la convocatoria y la cogieron. Cuando Sole me dio la noticia me quedé muy impresionada: “Mónica en un grupo”. 

A los pocos días, Sole me avisó de que los chicos de Objetivo hacían una pequeña fiesta y me apunté. Nos recogían con el Seat 127 de Carlos, el bajista, y cuando salieron para presentarse y hacer hueco en el coche, nada más verme, me preguntaron: “¿Tú cantas?”. Y yo, ni corta ni perezosa, les dije que sí. 

Me emplazaron para pocos días después para hacer una sencilla prueba que pasé con holgura y a los diez días tuve mi primer concierto en la emblemática sala Rock-Ola de Madrid. Concierto que fue un éxito absoluto, por cierto. 

Subir al escenario por primera vez puede ser emocionante y aterrador a la vez. ¿Recuerdas cómo te sentiste en esos primeros conciertos? 

Ana Fernández: De la inmensa nebulosa que conforman mis recuerdos de aquellos días tengo el recuerdo del camerino del Rock-Ola. Iba a ser mi primer concierto. Teníamos un acceso directo al escenario. Nos preguntábamos Mónica y yo si estábamos nerviosas y yo sentía que no lo estaba. Qué iba a salir y darlo todo. Así fue. No sentí nada extraño al bailar por primera vez sobre un escenario. Me sentí muy cómoda. Siempre me sentí a gusto sobre las tablas. 

Las relaciones dentro de un grupo pueden definir mucho la experiencia. ¿Cómo era la convivencia y el trabajo diario con los demás miembros de Objetivo Birmania? 

Ana Fernández: Lo primero que hay que señalar es que éramos un grupo muy numeroso; siete componentes inicialmente (tres chicas y cuatro chicos) más algún músico invitado normalmente. 

Trabajábamos mucho. Creo que hemos sido el grupo más trabajador de la historia del Pop español. Teníamos un elevado prurito profesional y ensayábamos a diario. Durante el año estábamos en continua promoción: teles, radios, prensa y en la época de conciertos llegamos a tener cien galas al año, lo cual es una barbaridad. 

Además de banda musical, funcionábamos como pandilla y había relaciones de pareja entre nosotros o personas muy cercanas al grupo, como hermanos de componentes, de tal forma que en nuestro tiempo libre también salíamos juntos. 

Al final, cuando las giras eran intensas y estábamos muy cansados pues fueron surgiendo roces y discrepancias: muchos en la furgoneta, poco espacio personal… 

En los años ochenta, el fenómeno mediático era distinto al actual. ¿Qué recuerdas de la popularidad que alcanzaron y de la reacción del público hacia las “birmettes”? 

Ana Fernández: Fue una popularidad increíble. Las Birmettes tuvimos un éxito muy especial. Todo el mundo nos quería. Provocábamos cariño y gustábamos a todos los públicos; a los jóvenes de nuestra edad, pero también a los padres y abuelos y sobre todo a los niños. Es curioso, ahora estoy en contacto a través de las redes con muchos fans de Objetivo Birmania y los seguidores más acérrimos nos conocieron a través de la tele, viendo La Bola De Cristal por ejemplo. Nunca nos vieron en directo, pero su primer disco fue el de Objetivo Birmania que se lo pedían a Los Reyes Magos

Las Birmettes fue una especie de fenómeno, una novedad total; nuestros bailes eran sencillos, el vestuario era muy original y colorido, en aquella época del destape creo que supimos mantener muy bien una posición sexy y sensual sin lucir carnes y aquello nos distinguió. A raíz de nuestra aparición, muchas bandas empezaron a incorporar coristas. 

He de señalar también que lo importante de las Birmettes era formar parte de Objetivo Birmania, una banda muy especial, novedosa y potente en aquella época. Sin esa base funk y ese sonido, las Birmettes no hubiéramos tenido esa fuerza. Era un todo; un conjunto, nunca mejor dicho. 

A lo largo de los años surgen anécdotas que quedan grabadas. ¿Cuál es alguna experiencia o recuerdo que siempre llevas contigo de esa etapa? 

Ana Fernández: Es difícil hablar de una anécdota en especial. Tengo como recuerdo muy bonito el que después de algún ensayo, en los locales de General Perón, donde también ensayaba Nacha Pop, que eran grandes amigos nuestros, Antonio Vega (que vivía cerca de mí barrio) me acercaba en coche a casa. Me encantaría ver ese momento ahora desde fuera. 

No todo es brillo y diversión en la música. ¿Qué obstáculos o retos recuerdas haber enfrentado durante tu tiempo en el grupo? 

Ana Fernández: Efectivamente, detrás de ese brillo y diversión que se muestra hay mucho esfuerzo detrás, mucho cansancio. La carretera es muy dura, sobre todo aquellas carreteras en pésimo estado de los años 80 en las que tantos músicos se dejaron la vida. 

Objetivo Birmania llegó a ser el grupo que más galas tenía contratadas, debido a la calidad y espectacularidad de su directo. Ese volumen de trabajo tuvo lógicamente un coste en salud física y estrés que posiblemente precipitó la disolución posterior de la banda. 

Fotografía: Mariano Ramírez Iturralde

A finales de los ochenta, el grupo pasó por cambios importantes. ¿Cómo viviste aquella reestructuración, con la cual acabaste fuera de Objetivo Birmania, y cómo afectó a tu carrera profesional? 

Ana Fernández: Cuando se disolvió de forma traumática la primera formación de Objetivo Birmania (en mi entender solo esa es la real, la segunda parte es un grupo nuevo que utiliza un nombre que ya tiene un valor de marca), yo abandoné la música y continué con mis estudios de Filología Árabe

Afortunadamente, y también de carácter milagroso, yo compaginaba, no sé muy bien cómo, esa actividad frenética con mi carrera universitaria, hecho que fue una bendición ya que al terminar con el grupo yo tenía una vida de estudiante, un centro al que atenerme y una orientación en la vida. Mis padres siempre me insistieron en que no abandonara nunca los estudios y yo también lo sentía de esa forma. 

La salida años después de la segunda parte de Objetivo Birmania fue lógicamente para mí muy dolorosa. 

Después de una etapa intensa, muchas personas buscan nuevas rutas. ¿Qué caminos profesionales o personales decidiste explorar tras tu etapa en Objetivo Birmania? 

Ana Fernández: Como comento anteriormente, me dediqué a mis estudios, viajé y viví en países árabes para estudiar la lengua, también viví en Londres y París para completar mi conocimiento en esas lenguas. Orienté mi vida a lo que siempre ha sido mi pasión: las Letras. 

Trabajé como traductora, como profesora de inglés… Como artista hacía alguna actividad que otra: trabajé en el corto de Azucena Rodríguez, ejercí como modelo de publicidad, participé como azafata en dos capítulos del concurso Un Dos Tres, Responda Otra Vez…. Pero fueron hechos aislados, yo ya tenía decido que mi carrera artística se había acabado y que mi vida tenía que seguir por otro rumbo. 

Me presenté a las oposiciones para ser profesora de Lengua y Literatura Española y tuve unos excelentes resultados, iba a ser profesora de esa materia que tanto amaba, pero la vida dio un giro inesperado y comencé a volar como TCP (término preciso para la palabra azafata) en la compañía aérea Iberia, inicialmente por un mes, hasta incorporarme al instituto, y finalmente que quedé allí en un largo vuelo que duró 25 años. 

Cada artista encuentra nuevas formas de expresarse. ¿Cómo ha sido tu evolución personal y profesional desde entonces hasta hoy? 

Ana Fernández: Dejé el mundo de la música porque básicamente no soy música, no tenía una voz destacada, pero sí he sido siempre una persona muy creativa. 

A través del estudio y la dedicación fui desarrollando otras disciplinas como la escritura y la pintura. Para mí era muy importante, después del disgusto que me llevé con la traumática separación del grupo, realizar actividades artísticas en soledad, sin depender de nadie. 

En el ámbito literario he escrito novelas, relatos, poesía, obras de teatro, de las cuales se han estrenado dos de ellas con mucho éxito en su pequeña escala: Con Franco Fumábamos Mejor y Vicio Se Escribe Con V

También he volcado mi interés creativo en el arte plástico, centrándome básicamente en la pintura aunque también he realizado otros géneros como performance, readymade… 

Finalmente, mirando al presente, ¿a qué te dedicas actualmente y qué proyectos o pasiones llenan tu día a día? 

Ana Fernández: En la actualidad, ya me he bajado del avión, por lo que tengo mucho más tiempo para dedicar al Arte que es mi gran pasión. Tengo una cuenta de Instagram @birmetteart desde la que hago una labor de difusión y divulgación artística. 

He escrito un libro de relatos acabado y estoy en proceso de búsqueda de editorial, y sobre el cual espero poder transmitir buenas noticias más adelante. 

Y para concluir y constatar cómo la vida da muchas vueltas, en primicia para Chicas En Banda, anuncio que vuelvo después de 40 años a la música haciendo una colaboración en forma de rap para el primer álbum “Groove Adictos” de la banda ZAS, un grupo de funk en español del que estoy enamorada y con los que he hecho una buena amistad basada en la admiración. Admiración que se ha materializado en el tema “Déjame Soñar Un Mundo Mejor”; una canción por la paz, el amor y la tolerancia. 

Para mí es un honor regresar, de forma puntual, al mundo de la música, con un mensaje, con una nueva misión, esta vez de paz. 

Muchas gracias, Ana, por la entrevista y, especialmente, por compartir esta primicia para Chicas En Banda. Es una excelente noticia tu regreso, aunque sea puntual, al mundo de la música.