Por Vicente Ribas
“201”, editado por Mushroom Pillow, es ese tipo de disco que no llega: irrumpe. No pide permiso para entrar en tu día, se cuela sin llamar, se sienta contigo en el sofá y te dice con toda la naturalidad del mundo: “oye, vamos a hablar de la vida, pero sin dramas innecesarios, ¿vale?”. Y ahí estás tú, atrapado en un álbum que te arropa, te zarandea un poquito y al final te deja con una sonrisa que no esperabas. Repion se han marcado un trabajo que tiene electricidad, sensibilidad, un puntito salvaje y, sobre todo, un corazón enorme que late en cada compás, como un faro que no se cansa de encenderse aunque la noche sea larga.
El viaje arranca con “Otro Día Será”, que tiene ese sabor de resignación graciosa: como cuando llueve justo después de tender la ropa, pero decides que no te vas a enfadar porque total, ya qué más da. Es un comienzo suave, casi como un bostezo de gato, pero con una chispa que te engancha sin que te des cuenta, una especie de luz tenue que te toma de la mano y te dice “ven, que esto acaba de empezar”.
Luego llega “El sueño Dura Una Semana”, y aquí la cosa se pone más animada. Es un tema que te impulsa a moverte, como si te empujara con el dedo índice en la espalda para que espabiles un poquito. Tiene una energía muy “estoy cansadísima pero aún así vamos a tirar palante”, que podría ser el lema vital de medio planeta, una canción que brilla como una chispa traviesa en mitad de un charco.
“Cerrar Los Ojos” baja revoluciones con un estilo precioso. Es como apagar las luces del pasillo para que la casa se quede más tranquila. La canción te invita a hacer pausa, a respirar hondo, incluso a pensar un par de cosas que llevabas días esquivando. Es tierna sin empalagar, como el abrazo de alguien que sabe exactamente cuánto apretar, una especie de manta emocional extendida sobre tus hombros en una noche un poco fría.
Con “Tus Fotos”, las hermanas Iñesta tiran de nostalgia, pero de esa nostalgia luminosa que no te hunde, sino que te acaricia la memoria. No es un repaso triste de recuerdos: es más bien como abrir una caja llena de cosas que no sabías que habías guardado. La melodía fluye como agua tibia y deja un regusto dulce, casi cinematográfico, como si cada nota fuese un fotograma en sepia que se ilumina solo.
“Me Sabe A Poco” tiene ese inconformismo bonito, el de cuando sabes que mereces más y lo dices sin rodeos. Muscular, directa, ligeramente descarada en el mejor sentido. Es una canción que parece escrita con un subrayador emocional: cada frase tiene intención, como un dardo teñido de sinceridad que encuentra siempre el centro.
Luego desembarca “X”, que es el terremoto del disco. No se puede escuchar sin que el cuerpo quiera moverse, protestar, soltar un “¡ya está bien!” aunque no haya nadie delante. Tiene un filo emocional que corta pero no hiere. Es energía pura, bien conducida, sin perder humanidad, una especie de rayo de verano que rompe el cielo pero deja un olor bonito en el aire.
“Columnas” aporta una especie de reflexión tranquila, una conversación íntima contigo mismo. Es de esas canciones que parecen pequeñas pero luego se te quedan dentro todo el día, como si hubieran plantado una semillita de pensamiento lento. La letra camina sin prisa, con honestidad, y la música la acompaña con un mimo casi quirúrgico, como quien guarda algo delicado en una cajita acolchada.
Con “Uñas De Amarillo”, la banda tira de inmediatez. Es viva, alegre, casi traviesa. Tiene ese brillo juguetón que tienen las canciones que nacen de un impulso muy claro. Es breve, pero intensa, como un mensaje enviado a las tres de la mañana que dice más de lo que parece, como una bengala lanzada sin querer que ilumina mucho más de lo previsto.
“Quiero Más” funciona como un deseo abierto al viento. La canción suena a ganas: ganas de algo distinto, de algo más grande, de algo que no sabes nombrar pero sabes que está ahí delante. Tiene un empuje suave pero constante, como una corriente subterránea, como un río que avanza incluso cuando la superficie parece quieta.
Y cerrando el círculo llega “Atocha”, una despedida que funciona como un último suspiro. Es un cierre íntimo, casi minimalista, que te baja las pulsaciones después de todo el viaje emocional. Si el disco fuera una película, este sería el plano final: un plano largo, silencioso y lleno de significado, como un tren alejándose mientras las luces parpadean en la estación.
Escuchar “201” del tirón es como pasar por un torbellino emocional amable: no te arranca nada, pero te recoloca cosas. Repion no van de intensas, pero lo son. No van de ingeniosas, pero lo son. No van de vulnerables, pero lo son también. Y esa sinceridad tan poco rimbombante (o antirimbombantísima, si se me permite inventar palabras) es precisamente lo que hace que este disco sea tan especial. Es como si cada canción fuese una pequeña brújula emocional que, sin darte órdenes, te permite orientarte un poquito mejor.
La producción es limpia sin ser fría, potente sin ser pretenciosa. Las guitarras llegan con personalidad, las voces brillan sin pedir protagonismo, y cada canción tiene su propia identidad sin que el conjunto pierda coherencia. Se nota que hay cariño, oficio y una absoluta falta de miedo a sonar humanas, como si cada pista respirase por sí misma.
“201”, con Mushroom Pillow como compañera de viaje, confirma que Repion juega en una liga donde lo emocional importa tanto como lo musical. Y en este álbum ambas cosas brillan con la misma intensidad, como dos lámparas que iluminan desde ángulos opuestos pero terminan bañando la misma habitación.


