Agoraphobia vuelve al primer plano con “Kamikaze”, su tercer álbum de estudio y continuación de “Unaligned” (2019). Producido por Iago Lorenzo, el disco se erige como una suerte de bitácora emocional donde la banda cartografía sus propias fracturas, certezas y zonas de sombra.
A lo largo del álbum se despliega un itinerario introspectivo que indaga en la identidad como un territorio movedizo. Amor, pérdida, error y presión social aparecen como fuerzas que moldean (y a veces distorsionan) la percepción de quiénes somos. La necesidad de encajar se presenta casi como una fuerza centrífuga que nos expulsa de nuestro propio eje, hasta dejarnos en un estado de intemperie emocional. Frente a ello, “Kamikaze” propone un gesto de insumisión íntima: reconocerse en medio del ruido.
El propio proceso de creación del disco encierra una declaración de principios. Tras varios años sin publicar nuevo material, Agoraphobia decidió sustraerse de la lógica voraz de la inmediatez. En lugar de plegarse al dictado del algoritmo y la hiperproducción, apostaron por la pausa, el detenimiento y el cuidado minucioso de cada detalle. Esa elección, casi contracultural en el ecosistema actual, dota al álbum de una densidad honesta, sin artificios superfluos.
Sonoramente, la banda mantiene su contundencia característica, pero la reviste de nuevos matices y aristas. “Kamikaze” funciona como una catarsis y, al mismo tiempo, como un artefacto de resistencia: una respuesta frontal a las exigencias externas, una oda a la libertad creativa y a la coherencia personal, incluso cuando esa postura implica lanzarse al vacío con una fe temeraria.
El disco llega tras los adelantos “Eyes Never Lie” y “Fck You Tony”, que ya anticipaban el pulso combativo de esta nueva etapa. Con este trabajo, Agoraphobia no solo reafirma su identidad sonora, sino que la afila, la tensiona y la convierte en un manifiesto vibrante contra la complacencia.

