Por Francis Gameiro Sans
Cuando Madonna publicó su primer álbum el 27 de julio de 1983, todavía no era Madonna con mayúsculas. No existían los sujetadores cónicos, las polémicas religiosas, las metamorfosis estéticas ni esa formidable colección de titulares que acabaría acompañándola durante décadas. Era una joven de 24 años que se había curtido en la escena nocturna de Nueva York y que parecía tener bastante claro que su sitio no estaba únicamente bajo las luces de una pista de baile. Su debut, titulado simplemente “Madonna”, fue el primer aldabonazo. Y escuchado más de cuarenta años después, lo fascinante no era comprobar todo lo que todavía le quedaba por aprender, sino descubrir cuánto de la futura estrella ya estaba agazapado en aquellas ocho canciones.
El disco apareció en un momento especialmente fértil para la música de baile. La gran fiebre disco de los setenta se había disipado, los sintetizadores y las cajas de ritmos avanzaban sin pedir permiso y los clubes neoyorquinos funcionaban como pequeños laboratorios donde estilos, públicos y extravagancias compartían madrugada. Madonna procedía precisamente de aquel ecosistema y su primer álbum conservó buena parte de ese ADN. Producido principalmente por Reggie Lucas, con la posterior intervención de John “Jellybean” Benitez y la presencia de Mark Kamins en “Everybody”, el álbum levantaba su arquitectura alrededor del ritmo, los teclados electrónicos y una idea bastante diáfana: ocho canciones y muy pocas ganas de permanecer quieto.
“Lucky Star” abría el disco de una manera que, contemplada desde hoy, casi parecía una declaración de intenciones. Su entrada de sintetizadores tenía ese aroma inequívocamente ochentero que el paso del tiempo convirtió en una fotografía sonora de la década, pero debajo de aquella producción había algo que envejeció bastante mejor: el instinto rítmico de Madonna. Su voz todavía era ligera, incluso ingenua por momentos, pero sabía perfectamente cómo acomodarse sobre una base bailable. No necesitaba demostrar que poseía un caudal vocal descomunal; necesitaba resultar reconocible. Y eso ya lo conseguía. Había cierta coquetería en su manera de cantar, una mezcla de candidez y picardía que pronto dejaría de parecer accidental.
Después llegaba “Borderline”, probablemente una de las primeras ocasiones en las que quedó patente que Madonna podía escapar del perímetro de las discotecas y desenvolverse perfectamente en el gran pop. La canción poseía una melodía más cálida y sentimental, pero sin desprenderse del latido electrónico del álbum. Con el tiempo se convirtió en su primer sencillo que alcanzó el Top 10 estadounidense, y no costaba demasiado entender por qué. Allí aparecía una Madonna algo más vulnerable, aunque nunca desvalida, envuelta en una melodía de esas que parecían sencillas hasta que uno descubría que llevaba media tarde tarareándolas. Entre tantos sintetizadores, ritmos programados y estribillos concebidos para bailar, “Borderline” introducía una pincelada romántica sin caer en almíbares.
“Burning Up” cambiaba enseguida el gesto. Era más urgente, fogosa y descarada. Madonna cantaba el deseo sin demasiados circunloquios y empezaba a enseñar esa combinación de sexualidad y desafío que poco después explotaría a una escala infinitamente mayor. Musicalmente seguía siendo una criatura del club, aunque tenía una electricidad algo más áspera que otros momentos del disco. Tanto “Burning Up” como “Everybody” habían circulado antes de la aparición del álbum y habían servido para abrirle hueco en las pistas de baile estadounidenses. Madonna, por tanto, no aterrizó con aquel Lp como una completa desconocida: ya llevaba un tiempo colocando pequeñas banderas en su territorio.
El primer tramo terminaba con “I Know It”, una canción menos recordada que los grandes sencillos y también una de las que mejor delataban que aquello seguía siendo un debut. Tenía nervio, melodía y personalidad, aunque quedaba inevitablemente empequeñecida al compartir techo con canciones que acabarían instaladas en el imaginario popular. Aun así, cumplía una función importante. Madonna no dependía únicamente de los futuros éxitos para sostener el disco y, además, había escrito o coescrito cinco de sus ocho canciones. No era un detalle menor para una artista a la que durante años algunos insistirían en reducir a imagen, provocación y estrategia comercial. Desde el principio había bastante más trajín creativo detrás del escaparate.
Y entonces llegaba “Holiday”. Pocas canciones resumieron con tanta eficacia la alegría despreocupada de aquel primer álbum. John “Jellybean” Benitez produjo un tema construido con ingredientes aparentemente modestos, pero combinados con una precisión endiablada: percusión, teclados, bajo, palmas y un estribillo que parecía inmune al desgaste. Fue, además, el primer sencillo de Madonna que consiguió entrar en el Top 40 estadounidense. Escuchada décadas después, “Holiday” conservaba intacta buena parte de su efervescencia. No necesitaba una producción mastodóntica ni pretendía comunicar una revelación trascendental. Proponía olvidarse durante unos minutos del tedio cotidiano y bailar. Puede parecer poca cosa, pero hacer algo tan sencillo y conseguir que continúe funcionando cuarenta años después tenía bastante mérito.
“Think Of Me” recuperaba una Madonna más levantisca. Si una pareja no sabía apreciar lo que tenía delante, corría el riesgo de perderlo. Punto. Esa actitud resultaba especialmente reveladora vista desde el futuro, porque anticipaba una característica que atravesaría buena parte de su carrera: Madonna rara vez interpretaría convincentemente el papel de mujer resignada. Incluso cuando cantaba sobre relaciones sentimentales, solía quedar algún resquicio de independencia, control o advertencia. “Think Of Me” quizá no pertenecía al grupo de joyas indiscutibles del álbum, pero la actitud que desprendía terminaría siendo fundamental en la construcción de su personaje artístico.
Más voluptuosa era “Physical Attraction”, una de las piezas más largas del disco y quizá la demostración más evidente de que aquel álbum todavía razonaba como un Dj. No parecía tener ninguna prisa por alcanzar el último compás. Se aposentaba en el ritmo, jugueteaba con él, lo repetía y dejaba que la música hiciera su trabajo. Era una canción concebida para el cuerpo antes que para la cabeza, algo perfectamente coherente con una artista que había sido bailarina y que entendía la pista de baile como algo más que un lugar donde promocionar sencillos. Para Madonna, aquel espacio había sido escuela, escaparate y campo de pruebas.
El cierre con “Everybody” devolvía el álbum al lugar donde todo había comenzado. Había sido su primer sencillo, publicado en 1982, y escucharlo al final del disco tenía algo de regreso al kilómetro cero. Su mensaje tampoco podía ser más elemental: todo el mundo a bailar. Pero precisamente ahí residía una parte sustancial del encanto de aquella primera Madonna. Antes de que sus discos aparecieran rodeados de conceptos, provocaciones, transformaciones visuales y debates culturales, existió una cantante cuya misión primordial consistía en conseguir que una sala se pusiera en movimiento. “Everybody” fue prácticamente el manifiesto de aquella etapa embrionaria.
Y el éxito, conviene recordarlo, no cayó del cielo la mañana siguiente a la publicación del álbum. “Madonna” fue creciendo poco a poco, alimentado por la buena trayectoria de sus sencillos y por una artista que empezaba a resultar imposible de ignorar. En Estados Unidos, el disco acabó alcanzando el número 8 del Billboard 200 y permaneció nada menos que 168 semanas en la lista. “Holiday”, “Borderline” y “Lucky Star” fueron ensanchando progresivamente su público hasta convertir lo que inicialmente podía parecer el debut prometedor de una cantante surgida de los clubes en los cimientos de una carrera que terminaría alterando considerablemente las reglas de la estrella pop.
Por supuesto, escuchado desde el presente, “Madonna” sonaba profundamente ligado a 1983. Las cajas de ritmos, determinados sintetizadores y algunos arreglos llevaban la década estampada sin ningún pudor. También había momentos algo reiterativos y canciones que claramente no alcanzaban la altura de sus mejores sencillos. Pero ese envejecimiento tecnológico terminó formando parte de su encanto. Había algo deliciosamente artesanal en aquellos sonidos electrónicos primitivos, como si una noche neoyorquina de principios de los ochenta hubiera quedado embotellada en poco más de cuarenta minutos.
Lo verdaderamente llamativo era que Madonna todavía no había reunido todas las herramientas que utilizaría después, pero ya poseía algo bastante más difícil de fabricar: una identidad. En aquellas ocho canciones estaban el baile, el deseo, la independencia, el romanticismo, la ambición y, sobre todo, una confianza en sí misma que por momentos parecía desproporcionada para alguien que acababa de llegar. Después vendrían “Like A Virgin”, “True Blue”, “Like A Prayer” y una sucesión casi vertiginosa de reinvenciones, pero en aquel verano de 1983 nada de eso estaba garantizado.
Por eso su debut terminó siendo bastante más que una curiosidad arqueológica dentro de una discografía gigantesca. “Madonna” capturó a una futura estrella precisamente en ese instante irrepetible en el que todavía no sabía hasta dónde iba a llegar, aunque probablemente sospechara que sería lejos. Tenía un pie en el club y el otro empezaba a colarse en el gran escaparate del pop. Lo curioso fue que, mientras buena parte del mundo apenas comenzaba a preguntarse quién era aquella chica de voz juguetona y aspecto desenvuelto, ella parecía llevar bastante tiempo teniendo clara la respuesta.

