Por Paula Macías Campos
Diez años después de su lanzamiento, “Anti” sigue siendo mucho más que el último álbum de Rihanna: es una obra bisagra en su carrera, un clásico moderno del pop y el recordatorio de que, incluso en su larga ausencia musical, su influencia no ha dejado de crecer.
El 28 de enero de 2016, Rihanna publicó “Anti”, su octavo álbum de estudio y, hasta hoy, el último de su discografía. Una década después, el proyecto no solo conserva su peso artístico: también se ha consolidado como una de las obras más influyentes y queridas del pop y el R&B de los años 2010. En este décimo aniversario, la propia artista celebró la fecha en redes con un montaje conmemorativo y el mensaje “Happy ANTIversary”, reavivando la conversación sobre un disco que, con el paso del tiempo, no ha hecho más que agrandarse.
Cuando “Anti” llegó al mercado, Rihanna atravesaba un momento de transformación. Tras cerrar su etapa en Def Jam y después de varios retrasos, cambios de rumbo y una estrategia de lanzamiento poco convencional (marcada por la exclusividad inicial en TIDAL y una distribución que desconcertó a parte de la industria), la cantante optó por un álbum menos pendiente de la fórmula del hit inmediato y más enfocado en construir una identidad sonora propia. El resultado fue un trabajo que se alejaba del pop más explosivo de sus discos anteriores para abrazar una mezcla más arriesgada de R&B alternativo, soul, dancehall y texturas psicodélicas.
Con canciones como “Work”, “Needed Me”, “Kiss It Better” y “Love On The Brain”, “Anti” demostró que Rihanna podía dominar las listas sin renunciar a la experimentación. El álbum abrió con la declaración de intenciones de “Consideration” junto a SZA y avanzó entre medios tiempos sensuales, baladas soul y decisiones poco previsibles para una superestrella pop de su talla, como su versión de “Same Ol’ Mistakes”, original de Tame Impala. La crítica ha coincidido con los años en señalar que ahí radica parte de su grandeza: en la manera en que Rihanna convirtió un álbum de transición en un manifiesto artístico.
El impacto comercial tampoco se quedó atrás. Aunque su debut en el Billboard 200 fue atípico por las particularidades de su lanzamiento, “Anti” terminó escalando hasta el número uno y prolongó una vida comercial excepcional. Distintos balances publicados con motivo de su décimo aniversario destacan que el disco se convirtió en el álbum de una artista negra con mayor permanencia en las listas estadounidenses, además de acumular múltiples certificaciones para sus sencillos más emblemáticos. “Work”, “Needed Me” y “Love On The Brain” no solo marcaron la era: ayudaron a sostenerla durante años.
Pero quizá la prueba más contundente del legado de “Anti” sea cultural. En estos diez años, el álbum ha pasado de ser un lanzamiento celebrado a convertirse en una referencia obligada dentro de la conversación sobre el pop de la década pasada. Publicaciones como British Vogue, ELLE o Stereogum han recuperado el disco como una obra central en la evolución de Rihanna, subrayando su cohesión, su audacia y su capacidad para sonar todavía contemporáneo. El consenso actual parece más sólido que nunca: “Anti” no fue solo un éxito, fue el momento en el que Rihanna dejó de jugar dentro del molde de la estrella pop para redefinirse como autora de un universo propio.

