Por Vicente Ribas
Hay discos que con los años adquieren una solemnidad que jamás pidieron. Se convierten en “obras fundamentales”, “documentos de una época”, “piezas imprescindibles para comprender…” y toda esa liturgia de vitrina. Al debut de The Runaways le ha ocurrido un poco. Pero “The Runaways”, publicado en 1976, se disfruta bastante más si uno aparta el incienso crítico y lo escucha como lo que todavía parece ser: un disco joven, bronco, hormonal, deslenguado y con las rodillas llenas de mugre.
Visto desde ahora, además, tiene algo fascinante. En sus canciones todavía no están perfectamente separadas las especies. Hay hard rock setentero, glam de purpurina averiada, rock and roll clásico, algo de garage y ese nervio que muy pronto llamaríamos punk. The Runaways no estaban haciendo punk en el sentido estricto que terminaría imponiéndose, pero sí compartían buena parte de su sintaxis: brevedad, volumen, insolencia y escaso respeto por las buenas maneras.
Y había otra cosa: eran unas crías. Cherie Currie, Joan Jett, Lita Ford, Jackie Fox y Sandy West formaban la alineación asociada a este primer disco. Viéndolas ahora, sabiendo las carreras posteriores de Jett y Ford y todo lo que ocurrió alrededor del grupo, cuesta creer la cantidad de dinamita que había metida en una banda tan joven.
El álbum consta de diez canciones y apenas sobrepasa la media hora, salvo que contemos la pequeña bacanal final de casi siete minutos que es “Dead End Justice”. No hay tiempo para aburrirse. Y tampoco demasiado para pensar.
Conviene dejarlo claro desde el principio: el gran éxito de este disco es “Cherry Bomb”. Es la canción que terminó desbordando al propio álbum y, en buena medida, a la banda. La pieza que quedó asociada para siempre a The Runaways. Puedes conocer poco o nada de ellas y, sin embargo, haber escuchado ese estribillo en algún momento de tu vida. Compuesta por Joan Jett y Kim Fowley, dura poco más de dos minutos.
“Cherry Bomb” es un petardo metido en un buzón. El riff es sencillo hasta la desfachatez, Sandy West pega como si la batería le debiera dinero y Cherie Currie no canta tanto como escupe personaje. Ahí está buena parte de la iconografía de The Runaways concentrada en una canción: adolescencia, sexo, provocación, guitarras y la maravillosa sensación de que algún adulto respetable se va a enfadar dentro de aproximadamente treinta segundos.
Escuchada hoy conserva algo que muchas canciones pretendidamente peligrosas pierden con el tiempo: sigue teniendo nervio. Ya no escandaliza como en 1976, evidentemente, pero continúa siendo inmediata, pegajosa y marrullera.
También plantea un problema considerable. Cuando tu primera canción es “Cherry Bomb”, ¿qué coño haces después?
La respuesta inmediata es “You Drive Me Wild”, escrita por Joan Jett. Y resulta muy interesante escucharla ahora, precisamente porque conocemos todo lo que vino después. El estilo que Jett explotaría durante décadas todavía está en pañales, pero ya asoma el hocico: acordes secos, rock sin bordados, melodía directa y una alergia evidente a cualquier adorno que no sirva para hacer más ruido.
“You Drive Me Wild” tiene una cochambre estupenda. Es menos espectacular que “Cherry Bomb”, pero quizá envejece incluso mejor como retrato de la banda. No necesita el gran estribillo generacional; le basta con ese traqueteo de rock callejero que parece grabado con una cazadora de cuero puesta.
Con “Is It Day or Night?” el disco se mete en una penumbra más espesa. Tiene algo de madrugada interminable, de perder la noción de las horas en un garito sin ventanas. Y aquí empieza a percibirse que The Runaways eran más hard rock de lo que la reconstrucción posterior de su historia como antecesoras del punk puede hacernos pensar. No eran los Ramones con tacones. Ni falta que hacía.
“Thunder” refuerza precisamente esa impresión. Es rock setentero bastante más reconocible, sin la dentellada instantánea de los dos primeros cortes. No es de las canciones que uno pondría para convencer a un escéptico de que este disco merece ser recuperado, pero ayuda a entender de dónde venían musicalmente. Antes de convertirse en referencia para generaciones posteriores, The Runaways eran cinco chicas empapadas del rock de su tiempo.
Y entonces aparece “Rock & Roll”, versión de la canción de The Velvet Underground compuesta por Lou Reed. La elección resulta casi demasiado perfecta.
Porque el rock and roll entendido como vía de escape de una existencia gris encajaba como un guante agujereado con The Runaways. No necesitaban desmontar la canción y reconstruirla como una obra de ingeniería. La agarran, le ponen sus amplificadores, la despeinan un poco y adelante. También recuerda que el punk no surgió de un meteorito. Había una genealogía previa de ruido, provocación y rock urbano, y The Runaways estaban metidas en ese revoltijo. The Velvet Underground, glam, hard rock, garage… Todo entra en la coctelera.
“Lovers” vuelve a acelerar las cosas. Apenas pasa de los dos minutos y está compuesta por Jett y Fowley. Es una canción pequeña, rápida y rijosa, sin demasiadas pretensiones. Probablemente sea uno de los cortes menos recordados del disco, pero cumple perfectamente su cometido: entra, araña un poco las paredes y desaparece antes de hacerse pesada.
Mucho más memorable resulta “American Nights”, una de esas canciones que hoy parecen el borrador de un himno que podría haber sido enorme. Tiene nocturnidad, carretera y ese romanticismo juvenil tan particular que consiste en creer que salir por ahí sin saber dónde vas constituye una filosofía de vida. Y cuando tienes dieciséis años, probablemente lo sea.
“American Nights” tiene además una cualidad que favorece mucho al disco: ensancha el sonido sin quitarle suciedad. Sigue oliendo a local de ensayo, pero por momentos parece querer conquistar algo más grande. Hay una cierta épica de aparcamiento, una grandiosidad de gasolinera a las tres de la mañana. Nada majestuoso, pero sí deliciosamente hortera.
Después llega “Blackmail”, otra composición de Joan Jett y Kim Fowley. Y aquí vuelve esa mugre que tan bien le sienta al grupo. “Blackmail” no busca caer simpática. Es áspera, algo pendenciera, con un riff que parece tener los dientes torcidos.
“Secrets” introduce algo de aire. La canción lleva además créditos de Cherie Currie y Sandy West, junto con Kim Fowley y Kari Krome. Tiene una fibra algo más melódica y sirve para evitar que el álbum se convierta en media hora de la misma coz repetida. Porque esa es una de las cosas interesantes de escuchar “The Runaways” tantos años después: el grupo todavía no sabe del todo qué quiere ser.
Joan Jett tira hacia una clase de rock and roll que después convertiría en marca personal. Lita Ford acabaría adentrándose mucho más en el hard rock y el heavy metal. Cherie Currie aportaba una presencia y una voz completamente diferentes. Sandy West era una batería poderosísima y física. Y Jackie Fox completaba una formación que parecía estar buscando una identidad mientras ya estaba grabando su primer disco.
No escuchamos a cinco profesionales reproduciendo una fórmula que saben que funciona. Escuchamos una fórmula mientras todavía está chisporroteando en el laboratorio. Y entonces llega “Dead End Justice”. Casi siete minutos. Después de un álbum basado mayoritariamente en canciones de dos o tres minutos, deciden terminar con esta especie de película juvenil de serie B metida dentro de una canción. Cherie Currie comparte aquí la autoría acreditada con Joan Jett y Kim Fowley en el listado original consultado.
“Dead End Justice” es excesiva, teatral, gamberra y un poquito absurda. Es decir: magnífica manera de cerrar un disco de The Runaways. Tiene delincuencia juvenil, encierro, fuga y dramatización. Por momentos parece que la canción se ha olvidado de que es una canción y ha decidido convertirse en una película barata de autocine. Si “Cherry Bomb” condensa la imagen pública de The Runaways en poco más de dos minutos, “Dead End Justice” hace lo contrario: la estira hasta convertirla en una historieta de chicas malas que han decidido mandar el toque de queda a tomar por saco. No es la mejor canción del álbum. Pero posiblemente sea la más estrafalaria. Y hay que quererla por eso.
Escuchar “The Runaways” desde el presente obliga también a mirar lo que había alrededor. Kim Fowley fue una figura decisiva en la historia del grupo y aparece acreditado como compositor o coautor en buena parte del álbum. La explotación de la imagen sexual de unas chicas tan jóvenes resulta hoy bastante más incómoda de contemplar sin hacerse preguntas. Pero reducir toda la historia del grupo a la maquinaria que había detrás también sería quedarse con medio cuadro. Porque las chicas tocaban. Y vaya si tocaban.
Sandy West es uno de los grandes argumentos del disco. Su batería evita que muchas canciones bastante rudimentarias se conviertan en simples esqueletos. Lita Ford ya poseía una concepción más musculosa de la guitarra, mientras que Joan Jett tenía esa intuición especial para entender que tres acordes bien puestos pueden ser infinitamente más efectivos que veintisiete colocados para demostrar que has estudiado. Y Currie tenía algo que no se aprende fácilmente: presencia. No hacía falta que fuese la mejor cantante del planeta. The Runaways tampoco necesitaban una cantante de conservatorio. Necesitaban a alguien que pudiera plantarse delante de aquella barahúnda y parecer parte del peligro.
Desde 2026, llamar a “The Runaways” simplemente “punk” se queda corto. El disco es anterior a buena parte de la codificación definitiva del género y contiene demasiado hard rock y demasiado glam para meterlo cómodamente en una sola casilla.
Pero tiene alma punk. La tiene porque no parece interesado en comportarse correctamente. Porque las canciones son compactas. Porque los riffs importan más que el virtuosismo. Porque hay una insolencia fundamental recorriendo todo el disco. Y porque transmite esa idea tan elemental del rock que consiste en pensar: “¿Por qué no voy a poder hacerlo yo?”.
Además, su influencia posterior resulta difícil de separar de la figura de Joan Jett y del lugar que The Runaways terminaron ocupando en la genealogía del rock hecho por mujeres. AllMusic, por ejemplo, clasifica “Cherry Bomb” entre terrenos como hard rock y proto-punk, una mezcla bastante apropiada para describir el mejunje del debut.
Lo importante es no adjudicarles medallas que no necesitan. The Runaways no inventaron a las mujeres tocando rock, ni inventaron el punk, ni bajaron del monte con las tablas de la ley guitarrera debajo del brazo. Hicieron algo más interesante: dejaron una puerta abierta de una patada. Eso es lo mejor del disco. No ha envejecido convirtiéndose en algo respetable.
“Cherry Bomb” sigue siendo el gran fogonazo, la canción que se comió al resto del álbum y que quedó como emblema de la banda. Pero detrás está la cochambrosa “You Drive Me Wild”; la noctámbula “Is It Day or Night?”; “Thunder”, con sus raíces setenteras bien visibles; la apropiación de Lou Reed en “Rock & Roll”; la breve y calenturienta “Lovers”; el pequeño himno callejero de “American Nights”; la dentellada de “Blackmail”; la más melódica “Secrets”; y esa barrabasada final llamada “Dead End Justice”.
Las diez están ahí por una razón. Unas son bastante mejores que otras, naturalmente. El disco no es una obra maestra perfecta y tampoco conviene embalsamarlo como tal. Hay letras elementales, momentos que han envejecido regular y una producción que en ocasiones parece ponerle una manta encima a una banda que seguramente debía resultar bastante más atronadora en directo.
Hay discos impecablemente producidos que envejecen como muebles de oficina. “The Runaways” envejece como una pintada en la puerta de un lavabo: descolorida, medio borrada, quizá bastante idiota, pero todavía capaz de hacerte sonreír.

