Hay calles que se te quedan pegadas al alma, bares que merecerían una placa conmemorativa y rincones capaces de desatar un auténtico festival de recuerdos. Lugares que, sin hacer demasiado ruido, acaban instalándose en nuestra particular geografía sentimental. Pero, ¡ay, el tiempo!, ese compañero de viaje que nunca se está quieto y que tiene la dichosa manía de cambiarlo todo. De ese revoltijo de emociones nace “Dejo Estas Calles”, el segundo single de Jade4, el trío gallego integrado por Nuria (guitarra y voz), Lucía (bajo y voz) y Uzal (batería). Una pequeña sacudida musical que convierte las peripecias universitarias, la morriña y las inevitables metamorfosis de la vida en una canción con mucho nervio, bastante corazón y unas cuantas emociones a flor de piel.
Porque regresar al escenario de tus antiguas andanzas tiene su aquel. Allí siguen algunas esquinas cómplices, los garitos que parecían una segunda residencia y esos lugares donde las horas se evaporaban entre conversaciones interminables, planes improvisados y alguna que otra aventura digna de recordar. Sin embargo, los protagonistas ya no son los mismos y la vida ha ido repartiendo nuevos papeles. “Dejo Estas Calles” se zambulle precisamente en esa contradicción tan humana: las ganas de rebobinar hasta los días felices y el descubrimiento de que ciertas historias no admiten segunda temporada. Aquella pandilla inseparable, las rutinas que parecían eternas y la despreocupación de los años universitarios se convierten en postales de un pasado que todavía revolotea por la cabeza. Y, de propina, aparece una cuestión nada desdeñable: ¿qué queda de nosotros cuando desaparece el paisaje que nos vio convertirnos en quienes somos?
Lejos de acomodarse en la melancolía de sofá y mantita, Jade4 le mete electricidad al asunto y convierte los recuerdos en un pequeño terremoto sonoro. La batería galopa sin pedir permiso, las guitarras se retuercen en bendings que guiñan el ojo a Sonic Youth y el bajo se empeña en dar vueltas con un descaro contagioso. El resultado es un torbellino musical, nervioso, juguetón y deliciosamente atropellado, que parece correr detrás de unos recuerdos que siempre van un par de pasos por delante. No hay demasiado espacio para la quietud: todo avanza a trompicones, con esa urgencia tan reconocible de quien intenta asimilar que la vida sigue moviéndose aunque uno quisiera detener el reloj. Una manera estupenda de demostrar que la nostalgia también puede hacer ruido, despeinarte y ponerte las pulsaciones por las nubes.
Y como toda excursión sentimental merece su correspondiente álbum de estampas, el single viene con un videoclip que convierte Santiago De Compostela en una máquina del tiempo de andar por casa. Jade4 desempolva su particular mapa afectivo y vuelve a merodear por el parque de Bonaval, la Facultad de Filosofía e Historia, la catedral, la Zona Vella y esos bares que guardan más anécdotas que muchas bibliotecas. La ciudad compostelana deja de ser un simple decorado para convertirse en una protagonista más, repleta de pequeñas huellas, complicidades y recuerdos que todavía parecen esconderse detrás de cada esquina.
Todo ello capturado con una handycam, sin grandes artificios y con ese encanto deliciosamente imperfecto de los vídeos caseros. La cámara revolotea entre escenarios familiares como si estuviera documentando una tarde cualquiera entre colegas, de esas que en su momento no parecían tener nada extraordinario y que, años después, valdrían un pequeño tesoro. Esa estética desenfadada, casi de cinta rescatada del fondo de un cajón, aporta una cercanía entrañable y consigue que las imágenes desprendan la espontaneidad de los recuerdos que nadie sabía que acabaría echando tanto de menos.
Porque hay calles que se abandonan con los pies, pero de las que uno nunca termina de marcharse del todo. Y Jade4 ha encontrado una forma estupenda de regresar a ellas: con las guitarras bien despiertas, la memoria alborotada y el volumen sin demasiadas contemplaciones. “Dejo Estas Calles” es, al fin y al cabo, una despedida con ganas de reencuentro, un pellizco de morriña envuelto en electricidad y la prueba de que algunos lugares, por mucho que cambien, siempre conservan un rinconcito reservado en nuestra historia.


