Molly G. fue la continuación directa (casi una mutación sin anestesia) de Metralletas Distorsionadas, el trío formado por Berta (guitarra y voz principal), Bet (bajo y coros) y María “Lovebuzz” (batería y coros). Procedentes de Torrelles De Llobregat (Barcelona), este grupo emergió con una estética sonora áspera, sin barnices, como si el punk-rock hubiera sido arrastrado por el asfalto húmedo de una periferia industrial.
A finales de 2012 decidieron rebautizarse como Molly G., pero el cambio fue más nominal que estético: seguían operando bajo la misma lógica de urgencia, distorsión y actitud borderline entre el punk-rock más crudo y un grunge de textura sucia, casi granulado. Nada de concesiones. Nada de pulido.
“Shame” y la autoedición como declaración de principios
Tras la transformación, en noviembre de 2013 publicaron de forma autoeditada el Cd “Shame”, un trabajo de ocho cortes que funcionaba como una especie de manifiesto emocional con ironía afilada y guitarras en carne viva.
Los temas (“Ready Not To Stop”, “Hope You Don’t Care”, “Insect”, “Rats In London”, “Rest In Vegas”, “Shame”, “Showgirls” y “Spring Day”) dibujaban un mapa de desencanto urbano, con letras que parecían escritas desde un after perpetuo, entre luces frías y humo denso.
Como pieza visual de apoyo, lanzaron un videoclip semi-instrumental de “Ready Not To Stop”, donde se mezclaban imágenes de directo con una estética casi documental: sudor, cables, y esa energía caótica que solo existe cuando el escenario es demasiado pequeño para la rabia que contiene.

Directos: circuito subterráneo y electricidad en bruto
El pulso real de Molly G. se encontraba en los escenarios, siempre al límite del colapso o la combustión espontánea. Uno de los conciertos más recordados tuvo lugar en la sala Estraperlo de Badalona (Barcelona) el 5 de diciembre de 2014, en el 6º aniversario del local. Aquella noche compartieron cartel con Secret Army, Revés, Heroïnas, Rot, Ravales, Go Popitas, Estúpido Yo, Resonators y Family Murders, en una especie de maratón sónico donde cada banda parecía empujar un poco más el techo del lugar.
También destacaron su paso por el festival MEFSST!, celebrado en el gaztetxe Putzuzulo de Zarautz (Guipúzcoa), en mayo del mismo año, un entorno perfecto para su sonido áspero y su estética sin concesiones.
En 2015 participaron en la presentación del festival Reinas, en la sala Stash! R’n’R Club de Barcelona, compartiendo escenario con Las Furias y Bundoks, en una velada donde el punk femenino y la energía riot parecían dominar el aire.
Ese mismo circuito les llevó a la final del concurso Bala Perduda, celebrado en la sala La (2) de Apolo en Barcelona, con el premio mayor de una plaza en el festival Primavera Sound y la grabación de un Lp. Se quedaron a las puertas, como tantas bandas que orbitan la escena sin llegar a atravesar del todo el umbral industrial.
Disolución y resaca post-punk
En 2016, Molly G. se disolvió sin grandes ceremonias ni despedidas épicas, más bien como se apagan algunas hogueras en descampados: de golpe, sin previo aviso, dejando solo humo y ceniza emocional.
Tras la separación, María “Lovebuzz” continuó activa en la escena, colaborando con proyectos como Las Furias, Phony Baloney, Spitfire Scream y Keloidrop, manteniendo viva esa línea de trabajo donde el ruido no es estética, sino lenguaje.
Molly G. quedó así como una de esas bandas que no buscan trascendencia, pero la dejan flotando en suspensión: una huella breve, áspera y luminosa en el circuito underground de Barcelona y su periferia.

