Por Vicente Ribas
Londres hervía a finales de los setenta. El punk todavía dejaba cristales rotos por las aceras y, mientras sus últimos coletazos seguían retumbando en los garitos, una nueva camada de bandas empezaba a endurecer las guitarras hasta hacerlas echar chispas. En aquel barullo apareció Girlschool, formada en Londres en 1978 a partir de las cenizas de Painted Lady, grupo en el que ya habían coincidido algunas de sus integrantes. La alineación que acabaría grabando su primer álbum estaba compuesta por Kim McAuliffe, guitarra rítmica y voz; Kelly Johnson, guitarra solista y voz; Enid Williams, bajo y voz, y Denise Dufort, batería. Cuatro músicas dispuestas a meter ruido sin solicitar permiso a nadie.
Su cercanía con Motörhead resultaría decisiva durante aquellos primeros pasos. Lemmy y compañía encontraron en Girlschool unas compañeras de correrías que compartían buena parte de su querencia por el volumen, la velocidad y el rock sin perifollos. El grupo terminó fichando por Bronze y entró en Jackson’s Studios con Vic Maile a los mandos para registrar su primer larga duración. “Demolition” apareció en el Reino Unido en junio de 1980, justo cuando la New Wave Of British Heavy Metal comenzaba a sacudir con fuerza el subsuelo británico. Y el título elegido no podía ser más apropiado: aquello tenía bastante de bola de hierro contra pared de ladrillo.
Además, el disco empezó fuerte. Entró en las listas británicas apenas unos días después de su publicación y llegó hasta el número 28, permaneciendo diez semanas en el Top 100. Para tratarse del primer álbum de una banda todavía joven, el zurriagazo no estaba nada mal. Y “Demolition” tampoco se quedó encerrado en el Reino Unido: el disco fue prensado y distribuido en distintos territorios y apareció en países como Francia, la República Federal De Alemania, Italia, Australia, Japón, Grecia, Países Bajos, Brasil y Nueva Zelanda. El pequeño artefacto de Bronze empezaba a viajar mientras Girlschool todavía estaba calentando los amplificadores.
Y cuando la aguja cae sobre “Demolition Boys”, se entiende perfectamente el nombre del álbum. Aquí no hay labores de encaje ni porcelana fina. La guitarra de Kelly Johnson escupe riffs con una suciedad magnífica, McAuliffe apuntala el armazón y la pareja rítmica Williams-Dufort hace avanzar el asunto como una motocicleta cuesta abajo. Es hard rock de nudillos pelados, aunque pasado por esa centrifugadora de punk y heavy metal que daba a Girlschool una personalidad propia. Las cuatro suenan como si hubieran llegado al estudio con la intención de dejar alguna válvula chamuscada.
“Not for Sale” mantiene la temperatura en zona peligrosa y deja al descubierto una de las grandes virtudes del grupo: podían sonar duras sin convertir las canciones en mamotretos. Aquí apenas hay grasa sobrante. El riff entra, muerde y deja sitio a una melodía que demuestra que detrás de toda aquella chamarra de cuero había bastante instinto para fabricar estribillos. Girlschool tenían músculo, pero también prisa, y esa combinación le da al álbum una frescura que todavía hoy conserva parte de su dentellada.
Después aparece “Race With The Devil”, versión del tema que The Gun había grabado a finales de los sesenta. Girlschool lo mete en su propia trituradora y lo devuelve más áspero, rápido y pendenciero. La guitarra de Kelly Johnson tiene aquí un papel especialmente sabroso: nada de exhibiciones elefantiásicas ni solos concebidos para mirar al guitarrista con prismáticos. Sus seis cuerdas cortan, raspan y dejan cicatriz. Es una interpretación con el carburador abierto y cierto aroma a goma quemada.
“Take It All Away” conserva todavía más claramente el nervio punk de los primeros tiempos de la banda. No es casualidad: la canción ya había aparecido anteriormente en su primer sencillo. Directa y sin recovecos innecesarios, avanza a base de empujones, como si alguien estuviera metiendo prisa desde la cabina de control. En realidad, durante buena parte de “Demolition” resulta inútil intentar averiguar dónde acaba el punk, dónde comienza el hard rock y en qué esquina aparece el heavy metal. Girlschool agarran las tres cosas, las sacuden dentro de un bidón y hacen rodar el cacharro escaleras abajo.
Con “Nothing To Lose” el paso adquiere algo más de peso. Las guitarras se vuelven amenazadoras sin perder esa inclinación por la melodía que atraviesa el álbum. Ahí reside uno de los pequeños secretos de “Demolition”: no es simplemente una colección de riffs. Hay canciones debajo de la mugre. Williams aporta un bajo grueso, Dufort golpea con una contundencia nada remilgada y las guitarras de Johnson y McAuliffe encuentran ese equilibrio entre garra y gancho que acabaría siendo una de las señas del grupo.
“Breakdown” vuelve a apretar las tuercas. Tiene algo bronco y tabernario, música apropiada para un pub con el suelo pegajoso, demasiadas pintas sobre las mesas y una máquina de discos trabajando horas extraordinarias. Girlschool no necesitan complicar la arquitectura: unas guitarras bien plantadas, una sección rítmica que no titubea y adelante. Hay en todo ello una saludable falta de modales.
Con “Midnight Ride” aparece inevitablemente la carretera. El título ya invita a imaginar faros atravesando la oscuridad, asfalto mojado y el motor trabajando por encima de lo aconsejable. Aquí también se aprecia algo importante en el primer Girlschool: Kim McAuliffe, Kelly Johnson y Enid Williams compartían labores vocales, evitando que el grupo girase alrededor de una única garganta. Cada una aportaba un matiz diferente y aquello reforzaba la sensación de estar ante una verdadera pandilla, no ante una cantante con tres acompañantes colocadas detrás.
“Emergency” es otro pequeño proyectil de fabricación británica. No necesita eternizarse para dejar chamuscado el cableado. Denise Dufort golpea con sequedad, Williams empuja desde el sótano y las guitarras vuelven a repartirse el trabajo: McAuliffe construye buena parte del muro y Johnson abre tajos por encima. Sencillo sobre el papel, tremendamente eficaz cuando las cuatro piezas de la maquinaria funcionan al mismo tiempo.
Después llega “Baby Doll”, otro zarpazo de hard rock tiznado de hollín. Aquí vuelve a funcionar esa mezcla tan particular de melodía y rudeza: Girlschool podían repartir estopa sin olvidarse de que una canción necesitaba algo más que volumen. El bajo serpentea por debajo, Dufort mantiene la locomotora sobre los raíles y las guitarras levantan otra polvareda considerable. No hay filigranas de conservatorio ni gimnasia para seis cuerdas; hay roña, nervio y una saludable falta de compostura.
Finalmente, “Deadline” baja la persiana con otro golpe seco. Y ahí se encuentra otra de las virtudes del álbum: Girlschool saben cuándo largarse. El “Demolition” original (ya que posteriormente se relanzó con extras) reúne “Demolition Boys”, “Not For Sale”, “Race With The Devil”, “Take It All Away”, “Nothing To Lose”, “Breakdown”, “Midnight Ride”, “Emergency”, “Baby Doll” y “Deadline”, diez canciones despachadas sin suites siderales, interludios de cartón piedra ni solos interminables. Llegar, enchufar, golpear y dejar que el humo salga por debajo de la puerta.
Buena parte de esa inmediatez también se la debe el disco a Vic Maile, productor que comprendió que Girlschool no necesitaban perfume ni barniz, sino combustible. Su trabajo permite que las guitarras mantengan las rebabas, que el bajo tenga cuerpo y que la batería conserve una pegada física. “Demolition” no parece construido con pinzas dentro de un laboratorio: transmite la impresión de cuatro personas tocando juntas y dándole al volumen hasta que las paredes empiezan a protestar.
El momento tampoco podía ser más propicio. En 1980 el heavy británico estaba cambiando de pellejo y nombres como Iron Maiden, Saxon, Diamond Head, Angel Witch o Tygers Of Pan Tang formaban parte de una hornada que rejuvenecía el género. Girlschool entraron en aquel vendaval con sus propias armas. Su proximidad a Motörhead era evidente y nunca tuvieron inconveniente en compartir carretera y ruido con ellos, pero “Demolition” posee suficiente carácter como para no necesitar vivir bajo la sombra de Lemmy.
Y conviene subrayarlo: Kim McAuliffe, Kelly Johnson, Enid Williams y Denise Dufort no grabaron un disco interesante simplemente por tratarse de cuatro mujeres haciendo hard rock en un terreno entonces abrumadoramente masculino. Grabaron, sencillamente, un muy buen disco de hard rock y heavy metal rápido, mugriento y sin pamplinas. Kelly corta, Kim martillea, Enid retumba y Denise reparte estopa desde atrás. Cuatro piezas y ninguna ornamental.
“Demolition” tiene además ese sabor difícil de reproducir de los primeros discos, cuando todavía no parece existir demasiado cálculo. Los riffs conservan rebabas, las canciones salen disparadas y la producción deja respirar alguna aspereza. Todo ello proporciona al álbum pellejo y carácter. Es un disco con carbonilla en los pulmones, gasolina en las venas y electricidad en los colmillos.
Después vendrían “Hit And Run”, una relación todavía más estrecha con Motörhead y una trayectoria que convertiría a Girlschool en uno de los nombres perdurables del heavy rock británico. Pero la primera dentellada seria está aquí, en este “Demolition” de 1980 que empezó haciendo ruido en las listas británicas y no tardó en cruzar fronteras.

