Por Elena de Rueda Medina (Eden)
Caminar a pleno sol por un desierto interminable, una llanura manchega que se extiende hasta el horizonte, sin ninguna compañía a excepción de tu sombra. El único sonido en todo este territorio inexplorado, el ocasional siseo de una serpiente. Así suena “La Tormenta”, el segundo Lp de The Víboras, que vio la luz el 14 de mayo junto a Maldito Records. Nos acompañan en este viaje de autoconocimiento Gaelle Luna (voz y bajo), Vega Molina (guitarra y voz), Cherra Muñoz (guitarra) y Mawi Pardo (batería).
Al comenzar la primera canción, “Destello”, ya podemos entrever el tono general del disco; una mezcla del rock sureño con toques modernos y el blues que se cuela en cada melodía, un tono de resistencia mezclada con cierta decadencia, como hablando de un camino andado muchas veces, en busca de un destino ya sellado en un fogonazo de luz.
A esta le sigue “Grietas”, con una potente introducción de guitarra, que va a acompañar las frases cantadas sobre la reafirmación del ser, de una fuerza encontrada en las roturas de una misma. En la canción se puede escuchar mucho más el trabajo instrumental, que muestra el dominio sobre la melodía que tiene este grupo; saben perfectamente qué buscan evocar y saben que lo están consiguiendo.
Tras una canción tan peleona comienza “Sombra” con un ritmo más relajado, cercano al blues. Nos transportan con sus riffs a una noche en el camino, una noche iluminada por la hoguera y coronada por la más alta montaña, que superaremos para llegar a nuestro infierno personal.
Tras pasar la montaña comienzan a redactar lo que parece la carta de despedida de un penitente, pero también una invitación; “Ritual” nos guía a través de sus peores pecados, a una vida de pelea de quien ya sabe a lo que se va a enfrentar; sabe qué ha hecho y no lo busca ocultar. Las guitarras suenan con un carácter clásico del blues y escuchamos coros que acompañan la letanía principal. Cuando cierra el ritual escuchamos un tono muy diferente a la decadencia anterior; una canción de carretera.
“Víbora Motel” nos lleva en un viaje en coche como pocos, de autodescubrimiento, a través de un peculiar desierto multicolor en busca del mar, como metáfora del lugar destinado.
La sexta canción de este álbum, “Balas De Fuego” plantea un ambiente de alerta, el pistoletazo de salida para una huida rodeada de enemigos. “Voy directa al fuego donde quieres verme arder” es una de las frases del estribillo y deja claro un mensaje; busca resistir cualquier obstáculo externo, porque para ella no es sino una oportunidad de renacer.
“Flor De Humo” es la séptima canción de este álbum, una sentencia rock cercana al heavy, una amenaza con la voz rasgada de alguien que sabe muy bien quién es y qué quiere. Alguien que surge de lo más bajo, a quien han intentado hundir, pero solo han conseguido potenciar su ascenso hasta el cielo.
Con otro fuerte riff de guitarra a dos voces comienza “Espiral”, una respuesta a la vida de ilusión de quien no quiere ver la verdad, que vive escondida tras una distorsión de la realidad de la que no puede escapar, atrapada dentro de un bucle que ha creado ella misma.
La última canción, “Vendaval” comienza con el rasgueo de una guitarra clásica y el sonido de una armónica que se mezcla con el susurro de una serpiente de cascabel, el cierre perfecto para este disco. La canción nos lleva a través de la calma tras una tormenta, anticipando el final no solo de un álbum, sino el de un viaje a través de nuestro propio autodescubrimiento.
The Víboras definen este disco como la materialización de un concepto claro; buscan reivindicar la idea que surge en un entorno caótico, la belleza en la dificultad. Admiten que, para ellas, la música implica un acuerdo de paz, de seguridad y compañía en medio del caos. Al final, la resistencia no se consigue criada entre algodones; se gana al crecer en medio de la tormenta.

